Tiempo Psicoanalisis

Presentación del libro Ética y Malestar. Miriam Grignoli

ÉTICA Y MALESTAR

Ensayos sobre ética y psicoanálisis. Autor: Eduardo Laso

Texto de la presentación del libro a cargo de Mririam Grignoli, el 3-6-2016.

 

I. Imperativo

    Ética y malestar, como nos señala el autor en el prólogo,toma como eje el lugar que ha tenido la filosofía de Immanuel Kant en la elaboración- llevada a cabo por Jacques Lacan- de una ética acorde a la práctica del psicoanálisis.

Nos introduce en tema a través del marco constituido por la cosmovisión iluminista del siglo XVIII, centrada en la autonomía de la razón humana y su consecuencia en el campo del Bien. Las ilusiones de la razón van a mostrar sus puntos de debilidad y exceso, y ese será el lugar donde Freud, espíritu racional y científico, trace límites a la razón humana, a la libertad, pero desde la experiencia inédita del inconsciente. A diferencia de otras perspectivas anteriores, como la aristotélica, donde la idea del Bien moral es identificada al bienestar, Kant marca un sustancial viraje por cuyo efecto el bien queda ligado al malestar:  si se trata –como propone- de renunciar  a todo pathos, a todo objeto de deseo, en nombre del imperativo instituido por la ley moral, el Bien queda entonces ligado al malestar que acarrea dicha renuncia.

Nos indica nuestro autor que en la dirección de pensar la ética en el marco del psicoanálisis, Lacan se sirve de la filosofía kantiana para ahondar en el esclarecimiento de la experiencia del inconsciente y la noción de sujeto que le concierne; no sólo se detiene en la propuesta de Kant, sino que la retoma a lo largo de su obra, de la mano del pensamiento del marqués de Sade. Si se conjugan ambas perspectivas, queda conformado un imperativo categórico de goce superyoico, cuyo objeto resulta ser el propio sujeto, bajo la impronta de la culpa. Un imperativo que deja una y otra vez fuera de juego la necesaria subordinación de la ley del padre al deseo, que queda así colapsado por el goce inherente a la arbitrariedad de la ley.

La ocasión que nos ofrece el texto, es la de un recorrido por los fecundos rodeos que hace Lacan en la articulación de ambas filosofías, en pos de señalizar el surco a seguir en la práctica del psicoanálisis, su transmisión y desarrollo conceptual. Delinear la ética que nos trabaja y nos anima, donde no hay Bien supremo, sino lo real como presencia de lo imposible en el campo del goce.

Una cita: “El mandato categórico universal plantea un “Tú debes…para todos”. Es una lógica que excluye, en su universalización al no-todo. Y lo que falta para realizar el todo es el sujeto, que si no realiza el universal está en falta. Para no estarlo, debe sacrificar los objetos del deseo, para querer la ley universal, de modo que el mandato categórico ocupe el lugar de la causa de su acto”. (pag.38)

Entonces, mientras el psicoanálisis lleva al sujeto al umbral de su propio acto ético y le otorga la ocasión de decidir si quiere aquello que desea, la ética kantiana le propone la renuncia a todo deseo salvo el de abrazar categóricamente la ley moral universal, dado que no es suficiente acatar la ley, sino que es necesario quererla. El deseo identificado a la voluntad de ley.

Kant propone que la razón distinga das Gute, el bien racional y objetivo,lo bueno en sí, para que opere más allá del whol, la sensación subjetiva de bienestar.Ir más allá del principio de placer, que se trasciende por deber. Reino del Soberano Bien, que da lugar a un ”se está mal en el bien”, no en el bien de cada uno, sino en tanto das Gute. Mientras que Sade, subvierte esta idea de bien, y entonces se diría con él “se está bien en el mal”, a partir de una voluntad de goce, también más allá del principio de placer, pero esta vez en nombre de un Dios Supremo de Maldad.

Un minucioso recorrido nos lleva por los lugares de la obra de Sade donde se evidencia su pretensión de alcanzar por la vía del mal esa plenitud de goce, al que se agrega un muy buen trabajo sobre el fantasma sadiano. “No sabemos si Sade leyó a Kant, pero el espíritu de época iluminista atraviesa los personajes del “Divino Marqués” tan defensores de la razón y el recto entendimiento. Son verdaderos kantianos oscuros. Lacan sostiene que de la lectura de la “Filosofía en el tocador” se puede desprender que (Sade) no sólo concuerda con la ética kantiana, sino que la completa y da su verdad. (pag.92).

Volvemos a Freud, quien señala la condición pulsional del imperativo kantiano, al que considera una formación reactiva, un derivado racionalizado de la fuente primaria constituida por impulsos incestuosos y parricidas. Vinculará a partir de la segunda tópica, el imperativo al superyó y lo distingue de la conciencia moral, en  tanto ésta no se impone como pura forma, excluyendo lo patológico, sino que es la encarnación de máximas morales incorporadas por identificación a los preceptos paternos y sociales que irrumpen  como la voz de la conciencia y  regulan la imagen del yo ante el Otro, esta vez como lugar del Ideal del yo. Por lo tanto, se señala, puede operar de un modo paradójico, como afirma Freud en De guerra y muerte:(cita pag 78): “Nuestra conciencia moral no es ese juez insobornable que dicen los maestros de la ética: en su origen, no es otra cosa que ‘angustia social’. Toda vez que la comunidad suprime el reproche, cesa también la sofocación de los malos apetitos, y los hombres cometen actos de crueldad, de perfidia, de traición y de rudeza que se habían creído incompatibles con un nivel cultural.”

Freud es para Lacan quien produce una contundente subversión ética, al transmitir que no hay Soberano Bien porque en el más allá del principio del placer está das Ding, la Cosa más allá de toda simbolización y legalidad, donde ubica la pulsión de muerte. Este thopos, vacío de representación, es articulado en la obra lacaniana, a lo éxtimo, es decir lo íntimo pero extranjero, una vacuola de goce que hace imposible lo absoluto en este campo y opera como causa de deseo. Esto determina para la práctica psicoanalítica una ética que no se encauza en la búsqueda del Bien o del Mal –Kant con Sade- sino en el encuentro con el bien-decir: “…bien decir que habilite un saber hacer con el deseo que nos habita para llevar a cabo un acto en la realidad material, y no en el campo de las fantasías o del síntoma”. (pag.108)

Los dos apólogos kantianos, destinados a demostrar la posibilidad del obrar de la razón más allá de las inclinaciones de las pasiones subjetivas, son presentados desde la perspectiva de Lacan quien señala que la ley universal, categórica, incondicional –que quiere dejar fuera de juego todo pathos para poder imponerse- no alcanza a evitar que el deseo y sus paradojas se presentifiquen. El texto recorre  estas paradojas y nos señala las trampas del imperativo. En los apartados con los que se completa la obra, llamados Mentir y Obedecer, la pureza necesaria a la ley se vuelca sobre las nociones de verdad y obediencia.

 

(II. Mentir)

Mentir gira en torno a las cuestiones que plantea el deber de veracidad hecho voluntad, que no admite excepciones o matices. El texto recorre los tópicos que la experiencia del psicoanálisis aporta con respecto al lugar de la verdad, que bien resume esta cita: “Más alla de las intenciones de veracidad del analizante, no es allí donde encontramos la verdad que lo concierne como sujeto. La verdad habla, lo que no es equivalente a afirmar que la verdad dice la verdad, ya que puede hablar en el campo de la mentira, del equívoco, del olvido, del tropiezo verbal o de lo falso. La verdad tiene estructura de ficción, es no-toda y se soporta en el semi-decir del significante.”(pag127)

La exposición se completa con el abordaje del segundo apólogo, a través de la novela de Jean Paul Sartre, El muro, de 1939. En ella se propone a un detenido, militante republicano, que delate el paradero de un compañero buscado por los falangistas, a cambio de salvar la vida.  Es la ocasión para que el texto nos presente los detalles de una trama donde se pone en escena la cuestión del deber de veracidad kantiano que es exigido a un sujeto que se concibe autónomo. Mientras que desde la perspectiva del psicoanálisis, el sujeto no puede responder sino desde su división constitutiva.  Atravesado por un saber no sabido, un no saber radical y los encuentros con el azar, lo traumático, la thyché, no carece sin embargo de responsabilidad frente al deseo, no por tener un inconsciente que lo trabaja y juega sus pasadas – no siempre buenas- sino por la posición deseante que asume ante un acontecimiento de lo real o una demanda del Otro: una decisión sobre su deseo pero “también las vías por las cuales (), lo llevará a cabo. Punto en el cual el sujeto se confronta con la responsabilidad por sus deseos ante sí mismo y ante la polis.”(pag133).

 

 (III. Obedecer.)

En el último apartado, Obedecer, se señala un deslizamiento en Kant:desde la obediencia al deber, dictado por el imperativo categórico, al deber de obediencia dictado por la autoridad legal, que terminan aunados,  aunque los medios o fines propuestos por esta última, no se ajusten a los imperativos de la razón pura práctica. Se genera así una brecha en un sujeto político escindido entre razón privada y pública, entre autonomía interior y obediencia al bien constituido. Si por un lado el pensamiento kantiano hace al sujeto autónomo del Otro en el terreno de las ideas, por otro, el deber de obediencia le coharta la autonomía de su acto politico, incluso de rebelión contra el despotismo.

Este deslizamiento da lugar a que en nombre de la razón pura práctica, un personaje como Adolf Eichmann, justifique su intervención en el genocidio nazi, por el lado de la ley kantiana: en su defensa alega que su obrar está en consonancia con la definición kantiana del deber, en tanto obediencia a las leyes generales, salteando en su razonamiento que provenían del capricho del Führer. El ensayo rescata las palabras de la filósofa alemana Hannah Arendt para quien el crimen contra la humanidad  no requiere sólo de sujetos monstruosos, sino obedientes. Diríamos que la monstruosidad es allí la obediencia. Esto significa la posibilidad de que  aquél que se someta a la voluntad de un Otro criminal investido de autoridad, pueda ser el brazo ejecutor del exterminio.

Finalizo con una reflexión de Eduardo: “La ley, al interpelar al sujeto al que se dirige, lo convoca a que asuma una posición respecto de su mandato”. Si ante ella se toma una vía interpretativa, puede producirse un acto que decida sobre el sentido del mandato que tenga en cuenta la inconsistencia e incompletud de la ley, que de lugar al deseo del sujeto en la singularidad de la situación. En cambio, si se responde al mandato de goce del superyó, la inconsistencia simbólica estará velada y el sujeto entregado como objeto para hacer consistir al Otro. En ese lugar se sustraerá de la responsabilidad de una elección: “La obediencia debida encuentra aquí su lugar y su coartada, en tanto el sujeto decide obedecer la absolutización de un mandato al que no se le debe obediencia ciega, como modo de velar la castración del Otro”.