Tiempo Psicoanalisis

"Simbolismo. Psicología clínica. Psicoanálisis", Lic. Jorge Pinedo

Jorge Pinedo

Me atrevo a predecir las orientaciones en que las futuras reediciones de La Interpretación de los sueños (si es que llegan a ser necesarias) diferirán de las anteriores. Por una parte, deberán apropiarse de manera más íntima del rico material de la poesía, el mito, los usos lingüísticos y el folklore; por la otra, abordarán las relaciones del sueño con las neurosis y las perturbaciones mentales con mayor profundidad que la posible aquí.

S. Freud[1]

Acaso por ser el año inaugural de la primera posguerra, 1919 fue para Sigmund Freud el momento propicio a fin de visitar la teoría del trauma y de allí ir y venir de Lo Siniestro a Pegan  a un Niño mientras preparaba Más allá del Principio del Placer, incluyendo el último caso pleno que expone, el de la joven homosexual; no sin revisar los senderos por donde deambulaba la práctica del psicoanálisis. A partir de allí reemplazará en forma no menos paulatina que categórica el relato clínico por la metáfora artística -histórica o mitológica-, la poesía, los usos lingüísticos, el folklore; regresando al mismo sólo mediante retazos y ejemplos aportados con anterioridad. Instante también en que comienza a dejar de referirse al “médico”[2] para dirigirse al “psicoanalista” (psicoanalítico en la entrañable traducción de don Luis López-Ballesteros y Torres)  y, en consonancia, dejar de hablar de “clínica” para abocarse a la “práctica analítica”. Comenzaba a ampliarse un público al principio compuesto casi exclusivamente por médicos y, con ellos, el modelo teórico hegemónico que se postulaba como cúspide de la racionalidad occidental. Impronta ideológica que Freud, antes que combatir, interpretaba. Lo hacía como una estrategia destinada a evitar que su invento fuse domesticado, aplastado su carácter subversivo, en fin, sometido a la dialéctica que  Althusser[3] describiera posteriormente como ataque-anexión-revisión-escisión. Dentro de lo posible, desde ya.

También, 1919 es el momento en el cual inserta Un sueño de Bismark dentro del apartado La figuración por símbolos en el sueño. Otros sueños típicos, a su vez establecido en 1914 dentro del por si frondoso capítulo VI, La elaboración onírica,  penúltimo de la Traumdeutung, cuyo cuerpo principal data de 1898.

Biógrafos como Ernest Jones o Peter Gay sugieren que las referencias al simbolismo constituyen una concesión a sus discípulos, a la sazón entusiasmados con los correlatos sin mediaciones que –a su parecer- resultarían capaces de sustituir las asociaciones mediante tales artilugios provenientes tanto del saber popular como del bagaje cultural en general, es decir, de cierto universo simbólico portante en los contenidos circulantes de cada época. En este contexto la tardía introducción del sueño de Bismark sorprende no sólo por tratarse de un ensayo de Hanns Sachs publicado en 1913, que Freud transcribe textualmente mediante un rizo en el que se lo apropia y al mismo tiempo se distancia. La curiosidad se extiende por tratarse de un relato proveniente de las memorias del mariscal prusiano, más cercano a una muy literalizada elaboración secundaria, que por cierto se halla lejos de cumplir con las reglas del arte estipuladas para el trabajo analítico de la producción onírica: carece de restos diurnos y, por supuesto, de asociaciones libres por parte del soñante.

Es por ello que esta inserción en particular y el conjunto del apartado en especial, emergen al modo de un mapa en el que se establecen las líneas y puntos fronterizos, dentro de los cuales el psicoanálisis se inscribe y fuera de los cuales, cesa.

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Es el propio Sachs quien parcela el sueño de Bismark y desata libremente una sucesión asociativa de propia cosecha, valiéndose de un puñado de categorías propiamente freudianas como el principio de realidad y la realización de deseos infantiles, a fin de desembocar sin escalas en el simbolismo en especial y en el símbolo fálico en particular.  Legitimándose en la idea del “fenómeno funcional” de Silberer y en la de la reminiscencia masturbatoria de Stekel, Sachs quiebra –tal vez sin percatarse del todo- la unidireccionalidad de sentido atribuida a las teorías simbólicas vigentes y abre el juego[4] hacia un plausible abanico significante que emerge bajo la forma de “imágenes heterogéneas”. Tras nutrir  de su singular acervo religioso e histórico diversas circunstancias, Sachs concluye con la descripción de una trama destinada a evitar el displacer, conjurar el desarrollo de la angustia, escamotear la censura y cumplir con Freud en la idea del sueño como realización de deseos. El relato encaja perfectamente en la teoría y los símbolos parecen borrar la incómoda barra que separa significante de significado. La interpretación opera entonces como una rockola en la que determinada música suena con sólo apretar un solo botón o, más bien, como un digesto psiquiátrico al que a determinada manifestación sintomática corresponde un diagnóstico particular y su correspondiente medicación específica.

Ahora bien, ¿a que puede responder que Freud, dos décadas después de haber compuesto su obra maestra, piedra basal del corpus teórico del psicoanálisis, sostenga las especulaciones sobre el simbolismo y, aún más, inserte un texto ajeno de la talla del sueño de Bismark? Ante la incongruencia de acertar con una respuesta, es preciso desenvolver algunas consideraciones.

El apólogo de Sachs acaso pueda considerarse una avanzada sobre la destitución[5] de la teoría de la práctica que recién tomará forma en 1937 con las (re)Construcciones en el análisis y Análisis terminable e interminable. Movimiento que ya comenzaba a insinuarse, como se insiste supra, mediante el paulatino reemplazo de la figura del  médico por la del psicoanalista, del concepto de clínica por el de práctica analítica, del relato fenomenológico que describe por la operación metafórica que da cuenta de la estructura. Contiene, para ese entonces, plena Metapsicología.

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En el comienzo mismo del apartado de marras Freud no demora en restringir la vigencia del simbolismo a “la representación del material sexual en el sueño”, descartando cualquier “significación fija”[6] en otros campos. El carácter de “representación indirecta” que le adjudica lo aleja del signo aproximándolo  a lo que en la actualidad se concibe como significante. Propone entonces, a los fines propios de la práctica, desempeñar una “técnica combinada” capaz de articular las asociaciones del sujeto con “la interpretación con el conocimiento que el interpretador posee del simbolismo”. Pero aclara: “Para eludir todo reproche de arbitrariedad en la interpretación tiene que coincidir una gran prudencia crítica en la solución de los símbolos, con un cuidadoso estudio de los mismos…”[7]. De modo que, como preámbulo a toda aproximación al tema, Freud instala, más bien anticipa, la idea de construcción en el análisis en el mismo movimiento en que aborda la cadena significante desasida de su contenido académico, con lo que incluye el contexto y despliega la polisemia[8]. Recién aclarado esto, entonces sí, se despacha a gusto con que reyes, emperadores y mandatarios figuran a los padres; los objetos alargados la erección; estuches, cajas, cuevas etc. la vulva y aledaños y así sucesivamente. Conforme y advertido público y discípulos, avanza Freud a marcha ligera, pasando por los ineludibles “puentes de palabras”[9] que por uno u otro camino se dirigen al inconciente. Que de eso es lo que se trata.

Momento en que corresponde hacer una escala a fin de observar qué quedó por detrás en ese rumbo. Resulta prudente entonces remontarse al Freud más temprano, el del Proyecto… dejando una impronta que ha de empapar la práctica terapéutica inicial cuya cima queda sistematizada –más por razones políticas hacia la comunidad científica que por propia convicción- en los (mal) llamados Escritos Técnicos de 1912-1913.

Según Strachey y el epistolario con Fliess, hacia 1892 Freud procuraba combinar la “ley de constancia” del componente de excitación, proveniente de la escuela fisiológica de Helmholtz, con la doctrina anatómica de la neurona estipulada por Waldeyer en 1891, que sostenía la discontinuidad entre las células nerviosas adyacentes. La carga cuantitativa de las mismas no sólo aunaba ambas vertientes académicas sino, y principalmente, regía un sistema capaz de actuar como un aparato neurológico. No obstante, es en el mismo Proyecto… donde el sistema Psi –el de la memoria- despliega una serie de circuitos donde la facilitación de uno impulsa una fijación repentina (y vana)  que se abre en función de la abundancia neuronal, dirigiéndose a cargar varias representaciones convergentes en el dolor psíquico (la angustia como señal) que evita la alucinación con la constitución de esa red, que es el inconciente.

Por más que ya en La Interpretación de los sueños los cimientos neurofisiológicos habían sido dejados de lado, cierta impronta de univocidad direccional quedó remanente en la economía del dispositivo. El correlato en la práctica fue una saturación unidireccional del sentido, dando lugar a lo que hoy podríase denominar “psicología clínica” que Lacan adjudicaba a los “activos ortopedistas”[10], cuya principal característica reside en la adopción de los significantes aislados, precisamente al modo del simbolismo. Extendida hasta nuestros días, adopta la nomenclatura propia del artefacto freudiano –cuando no lacaniano[11]- por el mero hecho de que sigue siendo el bagaje conceptual más apropiado a fin de trabajar la noción de inconsciente y sus formaciones. Así, la psicología clínica ostenta como brújula de su accionar la propia clínica, que prioriza en la transmisión de su saber tanto como en la dirección de la cura (en lugar del síntoma y la angustia); abreva por ende en que la descripción explica, y soslaya hasta hacer desaparecer las operaciones que articulan los elementos discursivos. Y, cuando falla la descripción, se dispara a la historieta edípica que, por su berreta universalidad, jamás pifia.

Fase por la que atravesó la institución de la teoría de la práctica, indispensable para fundar el psicoanálisis, la psicología clínica contenía en sus albores freudianos el germen de su propia destrucción y consecuencia, la ya mentada destitución de la teoría de la práctica. Antecedente de tamaño movimiento, el sueño de Bismark rescatado por Hanns Sachs es (re)insertado por Freud en esa intuición que precede a la (re)invención y que hoy por hoy emerge como advertencia. No demora en señalarlo el propio Freud, poco más adelante en la misma Traumdeutung, en el capítulo Psicología de los procesos oníricos, cuando[12], al describir el sistema mnémico, alude a esa “intimidad de relaciones” que se desata “en los escalonamientos de la resistencia conductora de estos elementos” que pasan a constituir el saber inconsciente en Jacques Lacan[13].

La idea ronda e insiste bajo diversas modalidades en el corpus freudiano. Sin ir más lejos, en el repaso de sus tesis sobre la teoría sexual de 1905, al plantear la lábil barrera entre estado patológico y salud, alude a la multiplicidad de factores etiológicos y su correlato en la jaculatoria sintomática “que se apoyan entre si, y no deben, por tanto, ser opuestos unos a otros”[14]. Con lo que, otra vez, la emergencia de la contradicción es la condición de posibilidad de toda contradicción, lógica que prima para que no exista tal en el inconsciente (y los opuestos, convivan).

Ningún otro deseo, entonces, que aquél que reposa en los inmortales, indestructibles deseos inconscientes que abren caminos “de una vez y para siempre y que nunca se ven solitarios, conduciendo a una derivación al proceso de excitación que la excitación inconsciente los carga de nuevo”[15]. Distinguibles, eso sí, de las instancias preconscientes donde el sentido satura, la clínica psicológica sutura e impera con la sugestión como máscara en la tarea de la factible destrucción del anhelo, donde precisamente Freud instala lo que del psicoanálisis hace diferencia.

En el apartado respecto al simbolismo del capítulo La elaboración onírica agregado en 1919, Freud salta de la noción de la transformación de libido en angustia a la angustia como causa de represión, donde el deseo sigue siendo sexual, infantil, reprimido e inconciente y el modelo de interpretación, la de los sueños. Paradoja con la que despabila a la caterva médica que en el reduccionismo psicologista se aleja de la vía regia por el atajo rápido de las significaciones estandarizadas. Intervención también disciplinadora destinada a eruditos, seguidores y advenedizos que, como se sabe, resultan más riesgosos llamándose acólitos que enemigos. Pues, para modernos, no hay como los clásicos.


[1] Freud, S- Prólogo a la tercera edición de “La Interpretación de los sueños”, 1911. En OC,  Buenos Aires, Amorrortu Ed., 1993, V. 4, p.21.

[2] Si bien es cierto que en la primera década del siglo XX sencillamente no había otros psicoanalistas ni interlocutores válidos a quien Freud pudiera dirigirse y sus enseñanzas estaban dirigidas aún exclusivamente a los médicos, en las ediciones posteriores tanto de la Traumdeuntung como de las obras más o menos contemporáneas en ningún momento realizó modificación ni aclaración alguna al respecto. Las nuevas denominaciones parecen bastar a fin de indicar el cambio de enfoque. Obsérvese, por otra parte, que el acta de independencia del orden médico, Freud la rubrica recién en 1926 con Análisis Profano.

[3] Althusser, Louis – Marx y Freud, en “Nuevos escritos”, Laia Ed., Barcelona, 1978, p.114.

[4]- “Entre este más profundo estrato infantil y el más superficial (…) descubrimos aún otro, intermedio y relacionado con los dos…” OC p. 577

[5]Que destituya, suplante o suplemente es un apasionante tema de discusión. En particular si se considera que está en los usos y costumbres del propio Freud evitar, por lo general, la anulación de algún tramo de su recorrido, privilegiando la agregación de las nuevas ideas. Un ejemplo refulgente de este dispositivo, entre otros, lo constituye la revisión de sus sucesivas tesis en torno a la sexualidad en “Mis opiniones acerca de la sexualidad en la etología de las neurosis” (1905-1906), en OC, Biblioteca Nueva Ed., Madrid, 1996, T II, p.1238.

[6] En OC p. 559.

[7]  En OC p.560.

[8] “”Estos poseen, con frecuencia, múltiples sentidos y su significación exacta depende en cada caso, como sucede con la escritura china, del contexto en que se hallan incluidos”... En OC p. 560.

[9] P. 574.

[10] “El inconsciente se había vuelto a cerrar sobre su mensaje gracias al celo de esos activos ortopedistas en que se convirtieron los analistas de la segunda y tercera generación, que se dedicaron a suturar esta hiancia psicologizando la teoría analítica”, en Lacan, Jaques “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis – Seminario XI” (1964), Paidós Ed., Buenos Aires, 1991, p. 31.

[11] “…la clínica, o más prudentemente y más cerca de lo que ocurre, los informes sobre ella, parecen adecuarse a los esfuerzos dedicados a determinar el alcance del discurso de Lacan”. Jinkis, Jorge; Conocimiento neurótico, en “La acción analítica”, Homos Sapiens Ed., Rosario, 1994, p.68.

[12]El párrafo completo dice: “…El primero de estos sistemas Hm  contendrá de todos modos la fijación por simultaneidad, y en los más alejados quedará ordenado el mismo material de excitación según otros distintos órdenes de coincidencia, de manera que esos sistemas posteriores representarían, por ejemplo, las relaciones de analogía, etc. Sería, naturalmente, ocioso querer describir la significación psíquica de uno de estos sistemas. Su característica se hallaría en la intimidad de sus relaciones con los elementos del material mnémico bruto, esto es, si queremos aludir a una teoría más profunda, en los escalamientos de la resistencia conductora de estos elementos”. En OC. P. 674. Subrayado nuestro.

[13]De hecho fue Freud el primero en ir modificando su práctica, en lo que va de la hipnosis a las construcciones en el marco de la cura por la palabra. Lacan lo sistematiza en la escansión, la duración de las sesiones, etc. etc. Ayer y hoy el problema en la teoría de la práctica sigue siendo su vaciamiento en el reduccionismo al ritual.

[14] En OC, T II, p. 1243.

[15] Nota al pie n°383 en OC, p. 682.