Tiempo Psicoanalisis

"Autorización del analista: más allá del pase, otros pasajes", de Lic. Adriana Martínez

Adriana Martínez, Diciembre de 2010

Hoy quería compartir con ustedes ciertas ideas que vengo pensando desde hace algún tiempo alrededor de la cuestión de la autorización del analista. Agradezco mucho este encuentro, ya que el hecho de que mi acercamiento a la Fundación sea reciente, me brinda la oportunidad de compartir con nuevos colegas discusiones, interpelaciones, respecto de éste y otros temas que nos conciernen alrededor del deseo decidido de ocupar – siempre fugazmente – la posición de analista en la escucha.

¿Qué es autorizarse? En general, me interesa trabajar los temas de manera llana, incluso haciendo el ejercicio de prescindir de las citas, cuando vienen a cuento de refugio, de lugar común, que “cierre” una idea redonda sobre sí misma, en lugar de tensionarla hasta donde me sea posible. Excepto claro, que logre superar este escollo y tener una “cita a ciegas” con los textos y entonces la textualidad haga de causa, provoque algo.

¿Autorizarse es darse permiso? Sólo en cierto modo. Algo de analista adviene cuando alguien decide sobre su ética en su práctica, por sí mismo y ya no en relación positiva o negativa con lo que sea que encarne su A: su padre o madre, su analista, su amigo, algún Ideal, el vecino o la facultad – quien sea, vieron que el A es como un gran sillón presidencial pret á porter: lo puede ocupar circunstancialmente, cualquiera al que se le suponga un saber sobre uno.

Viene a colación el caso de aquellos que se hallan a gusto definiéndose como “militantes” del psicoanálisis. Un paciente joven había intentado atender pacientes, pero rápidamente los derivaba, en sus palabras, “porque me aburren o me enoja escuchar tantas pelotudeces”, o bien, “porque me siento un pibe, ¿qué les puedo decir yo?”. En rigor, se trataba de una angustia insoportable, cuando estaba en la posición de escucha en la que bregaba voluntariosamente por sostenerse; angustia que se desplegaba luego sesión a sesión en su propio análisis.

Esta breve viñeta, sirve para pensar que la autorización del analista se lleva muy mal, por lo menos, con 2 cuestiones: la voluntad y el saber – me refiero al saber en tanto acumulación de conocimiento teórico.

Porque si la autorización es el único certificado de haber que podemos exhibir en este oficio, entonces no puede provenir de otro lugar, en tanto decisión enlazada en el deseo – del que nada sabe nuestro yo – que de nuestro propio lugar de analizantes; y no del decreto de cosas.

Hace tiempo que me hago esta pregunta, me trabaja cada vez que soy testigo de algún obstáculo en las curas que dirijo, y es algo así como ¿hasta dónde puede llevar un analista, el tratamiento de un analizante, cuando él mismo como analizante no ha atravesado aún ese pasaje que nombramos fin de análisis? ¿Es pertinente poner allí el énfasis de las diferencias entre analistas? ¿Cómo puntuar tal pasaje singular?

El título de este trabajo anticipa, en su afirmación, que creo posible pensar modos de dar cuenta del pasaje más allá del pase, de la instancia del pase, sostenida aún como única nominación válida de analista por una parte de nuestra comunidad analítica.

La famosa frase de Lacan “El analista se autoriza de sí mismo y con algunos otros” también traducida como “El analista se autoriza de sí mismo y ante algunos otros” deja muy claro que nada está tan claro, de una vez y para siempre. Con y ante no son la misma cosa. Sobre todo si el alcance que le damos a “ante” se eleva a categorías de jurados, pasadores, nominadores y nominados, a la exposición de la libra de carne.

La coagulación de las gradaciones es muy complicada pero también lo es pensar que desentendernos de las diferencias nos exime de caer en idealizaciones neuróticas que nos ubiquen por debajo, por arriba de algún otro, adelante o atrás. Más o menos autorizados, digamos.

Las tonalidades existen y bienvenidos los diferentes recorridos de aquellos que se reúnen alrededor de algún significante que los convoca. No todos estamos en la misma estación del viaje de nuestra formación, ni en la que estuvimos antes ni en la que está tal o cual.

Quizás, la riqueza consiste en permitirse jugar a no ponerles título, nominación, sino a escuchar las diferencias en las resonancias de las palabras e ideas que nos trasmiten nuestros pares e interlocutores y que a ellos trasmitimos, en cernir los efectos que encontramos luego en nuestra práctica cotidiana a partir de un trabajo de trasmisión compartido.

Que es en ese constante ir y venir, de escucha, de análisis, de supervisión, de lecturas y escrituras, de transmisión, esa banda de moebius entre la intensión y la extensión, que se va produciendo ese pasaje, cada vez.

La autorización opera en la hiancia, en el intersticio que se produce vez a vez en el discurso, una a una vez que contingentemente haya habido analista en su acto. Tomado por el discurso del inconsciente y prestado a la emergencia de la sorpresa, de la ocurrencia, del sinsentido oriundo de la estructura del hablante. Prestado a la contingencia, en fin, el analista.

Poder dar cuenta de algo de esto ante otros, también considero que es vez a vez. ¿Por qué la extensión debería responder a una lógica diferente a la de la intensión? Apostar a intentar testimoniar ante otros de cuándo hubo deseo del analista operando, que leemos justamente por los efectos interpretativos que ha causado en el discurso de un analizante, que el acto analítico ha tocado / trocado su posición como sujeto del inconsciente, es tarea que nos compete a los analistas, así como crear dispositivos que posibiliten y promuevan este pasaje.

Testimonio de un analista en análisis aún. Un pase posible: testimonio del pasaje de una elegante psicoterapia de llevar al otro hacia “el bien”, a ocupar un “aún estar” en la falta. Transmisión del acto de autorizarse, que supone en su lógica cierta travesía alrededor de la falta que nos habita, un alojamiento diferente en relación a la castración que pueda inaugurar, quizás sí, quizás no, cada vez, la función del analista.