Tiempo Psicoanalisis

"Puntualizaciones sobre: Tratamiento psíquico (tratamiento del alma) 1890" de Lic. Ester Eva Smoisman

Lic. Ester Eva Smoisman

El texto, sobre el que quiero atraer vuestra atención, lleva por título Tratamiento psíquico – tratamiento del alma que data de 1890. Partiremos de suponer que hubiera una paradoja en presentar en estas jornadas un artículo de Freud de 1890. Sin embargo, nos encontramos al igual que él en ese entonces, con lo que los pacientes ponen en palabras, y con la posibilidad de construir un discurso. Situaré entonces, las premisas de las cuales partió.

El releerlo me condujo a pensar que era necesario hacer una breve reseña de la experiencia de Freud en el camino de su investigación científica.

Entre 1876 y 1882 trabajó en el laboratorio de fisiología de Ernest Brücke, pero no le atraían las disciplinas realmente médicas, con excepción de la psiquiatría. Tuvo en cuenta las exigencias económicas e inició el estudio de las enfermedades nerviosas, “no había buenas oportunidades para formarse y uno debía ser su propio maestro”, nos dice Freud.

En la lejanía destellaba el gran nombre de Charcot, y así concibió el plan de obtener el puesto de Dozent en enfermedades nerviosas, a fin de poder después completar su formación en París. Convino con el maestro el plan de un trabajo comparativo de las parálisis histéricas con las orgánicas. Él estuvo de acuerdo, pero no tenía particular preferencia por ahondar en la psicología de la neurosis, “Es que venía de la anatomía patológica”, nos advierte Freud.

Al regresar de París a Viena, en 1886, durante algunos años Freud dedicó gran parte de su atención a un estudio del hipnotismo y la sugestión.

Ya antes de que viajara a París, Breuer le había informado acerca de un caso de histeria tratado por él entre 1880 y 1882 de un modo particular, que le permitió echar una profunda mirada sobre la causación y la significatividad de los síntomas histéricos.

Pienso que no es ocioso ni azaroso el que haya elegido a Charcot y Breuer como antecesores cercanos de Freud, pues lo que tengo en cuenta es que nadie puede pensar más que con las nociones y términos que existen en su grupo cultural, a partir de las relaciones que se van estableciendo allí es que va surgiendo algo que a eso sí lo podemos considerar nuevo.

He tomado este artículo, pues me parece de total importancia y consecuente con el pensamiento que guió a Freud en el camino de su investigación científica hacia el psicoanálisis como lo conocemos hoy. Para ello, les cito el primer párrafo:

“Psique” es una palabra griega que en alemán se traduce “Seele” (“alma”). Según este, “tratamiento psíquico” es lo mismo que “tratamiento del alma”. Podría creerse, entonces, que por tal se entiende tratamiento de los fenómenos patológicos de la vida anímica. Pero no es este el significado de la expresión.

“Tratamiento psíquico” quiere decir, más bien, tratamiento desde el alma – ya sea por perturbaciones anímicas o corporales – con recursos que de manera primaria e inmediata influyen sobre lo anímico del hombre.

Un recurso de esa índole es sobre todo la palabra, y las palabras son, en efecto, el instrumento esencial del tratamiento anímico. El lego hallará difícil concebir que unas perturbaciones patológicas del cuerpo y del alma puedan eliminarse mediante “meras” palabras del médico. Pensará que se lo está alentando a creer en ensalmos. Y no andará tan equivocado; las palabras de nuestro hablar cotidiano no son otra cosa que unos ensalmos desvaídos. Pero será preciso emprender un largo rodeo para hacer comprensible el modo en que la ciencia consigue devolver a la palabra una parte, siquiera, de su prístino “poder ensalmador”.

            Lo primero que nos sitúa como tema central es la palabra, cómo devolverle su primitivo, su originario poder ensalmador, poniendo en forma relevante la palabra “desde”, porque ella nos llevaría a ubicar, en este momento, un interior que tiene efectos tanto sobre lo anímico como sobre lo corporal.

No podemos olvidar que sus interlocutores eran médicos, que en esa época se estaban realizando los avances más importantes del siglo XIX en biología.

El paradigma de la época pasaba por el hecho de cómo considerar el objeto científico, si el organismo biológico humano o lo anímico. Como empezar a entender lo corporal, si lo anímico tenía influencia sobre el cuerpo o si el cuerpo tenía influencia sobre lo anímico.

Freud da un giro y lo manifiesta aquí como corriéndose de lo tangible para empezar a pensar en la fenomenología de las emociones, los afectos.

Nos enseña que aún cuando los dolores, que se incluyen entre los fenómenos corporales, sería preciso tener en cuenta su dependencia de condiciones anímicas, ya que: “Cualquiera que sea su causa, aún la imaginación, los dolores no dejan de ser menos reales ni menos fuertes”. Contrapone al discurso médico, el saber popular, anterior a los descubrimientos, como se curaba a través del apalabrar.

Pone especial atención a un grupo de enfermos, llamativo por la riqueza y la variedad de su cuadro clínico: no pueden realizar una labor intelectual a causa de dolores de cabeza, padecen de trastornos digestivos, vómitos o espasmos gástricos, etc. . Pero en todos puede observarse que los signos patológicos están muy nítidamente bajo el influjo de irritaciones, emociones, preocupaciones. “Tales estados han recibido el nombre de nerviosidad (neurastenia, histeria), y se los define como enfermedades meramente “funcionales” del sistema nervioso”. No olvidemos que Charcot sostenía que como sustrato de los síntomas histéricos, aún cuando no se la encontrara en las autopsias, debía existir una lesión, que al no encontrársela, entonces la llamaba lesión funcional.

Pongo de relevancia que cuando habla de los afectos uno pudiera pensar que es aquí desde donde después conceptualizará la teoría de las pulsiones. Pulsiones de la vida, pulsiones de muerte. Tomo especialmente lo relacionado a los afectos, la expectativa angustiada o su contrario, la expectativa esperanzada, y como pueden tener consecuencias en lo corporal. “Es evidente que los grandes afectos tienen mucho que ver con la capacidad de resistencia a las infecciones”. Muchos años después Freud, refiriéndose a las pulsiones, nos dirá; “Llamamos pulsiones a las fuerzas que suponemos tras las tensiones de necesidad del ello. Representan los requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica”. Tras larga vacilación y oscilación nos hemos resuelto a aceptar sólo dos pulsiones básicas: “Eros y pulsión de destrucción, Tanatos”.

Es como para tener en mucho la consideración de que Freud fue capaz, a través de su experiencia, de poder ir más allá de quienes lo precedieron. Como logró extraer de la hipnosis, tratamiento imperante en esa época, y de la sugestión lo que era el instrumento inherente a este método: la palabra y la presencia del médico, como opera que efectos puede producir en el enfermo. “Si por tratamiento anímico entendemos el empeño por provocar en el enfermo los estados y condiciones anímicas más favorables para su curación, esta clase de tratamiento médico es históricamente la más antigua”.

Aunque este trabajo no contiene alusión alguna a sus descubrimientos, es, sin embargo, un modo de demostrar como sin los avances de su época, en tiempos anteriores se curaba a través de las palabras. Es claro que aquí plantea un corrimiento de los conceptos que se manejaban a través de la hipnosis y de la sugestión para arribar a las nociones de amor y creencia, como lo podemos ver en el amor y la creencia que tiene un niño hacia sus padres. Pienso que podemos ver aquí los primeros pasos para lo que después conceptualizará como transferencia, ya que posteriormente dirá, refiriéndose al trabajo analítico: “... trabajo cuya meta será entonces descubrir la elección infantil de objeto y las fantasías que trae urdidas”.

Él fue quien pudo colegir el peso y la influencia de las palabras. Si hay un sujeto que habla, hay un sujeto que escucha, o sea, que se abre la dimensión del discurso que es de lo que partimos hoy para crear el dispositivo analítico.

Colofón final: partiendo del título de la jornada que nos convoca “en que pensamos cuando analizamos hoy”, pongo de manifiesto la importancia de enfatizar la palabra como posibilidad de cura, en este siglo XXI que se caracteriza y se privilegia por la prontitud, la inmediatez de dar una respuesta a la problemática humana recurriendo a los medicamentos u otras terapias alternativas que rápidamente silencian las perturbaciones y quejas como modo de satisfacer la demanda, sin poder escuchar el deseo. Pero igual la palabra se cuela.

Para concluir cito a dos poetas mejicanos, quienes nos hablan de la palabra.

Carlos Fuentes, en el libro “La muerte de Artemio Cruz”, define a la palabra: “Es la voz del desposeído, la orden del poderoso, el santo y seña de un pueblo, el resumen de la historia.”

Octavio Paz decía: “Hechas de material inflamable, las palabras arden tan pronto que rozan la imaginación”.