Tiempo Psicoanalisis

"Inconsciente estructural", de Lic. Lila Isacovich

Lila Isacovich 

La represión primaria [1] es la fijación que tiene lugar cuando un representante psíquico es investido por la intensidad de carga proveniente de la pulsión.

“Este extrañamiento que el aparato psíquico realiza fácilmente y de manera regular respecto del recuerdo de lo que una vez fue penoso, nos proporciona el modelo y el primer ejemplo de la represión psíquica {esfuerzo de desalojo psíquico}.” [2] “[...] la existencia de un tesoro de recuerdos infantiles sustraídos desde el comienzo al Prcc pasa a ser la condición previa de la represión.” [3]

Esta operación, que segrega un grupo psíquico separado, si se lee como única y definitiva – que lo es – pero se la aísla del factor tiempo, entonces se la supone como necesaria condición previa de la represión dada de una vez y para siempre en el origen.

Sin embargo, si incluimos el tiempo – como efectivamente ocurre – esta condición pasa a ser lo que está en permanente tramitación. Es el impasse mismo que se abre con cada nueva percepción. El yo aún no discierne eso como nuevo y distinto; se anoticiará recién cuando pueda significarlo. Así, esta condición es causa del trabajo psíquico de manera inacabada y constante, exigiendo nuevas tramitaciones. Ese trabajo imprime movimiento: una discordancia temporal entre el tiempo primero de la percepción y el tiempo segundo de la significación retroactiva. Es ese intervalo de tiempo irreductible lo que el sujeto intenta infructuosamente anular, tal como lo expresa Freud: “La regla de defensa, que no rige para percepciones, sino sólo para procesos psi, se comprende ahora mucho más fácilmente. El ir rezagada la conciencia secundaria permite describir en términos simples los procesos de neurosis” y agrega “(¡sic!)”. [4] No es para menos. Acaba de descubrir todo el problema de la temporalidad subjetiva: la imposibilidad de atrapar el instante perdido de la percepción. [5]

¿De qué depende que aquello resulte admitido y olvidado o por el contrario reprimido?

Lo traumático está en exceso; es una excitación que rebasa la protección antiestímulo y constituye la ocasión inmediata de las represiones primordiales; retiene restos de percepción sensoriales – lo visto, lo oído – que no han podido significarse siguiendo el derrotero que hubiera posibilitado su olvido. Todo indica que el trauma no pertenece al pasado, como clásicamente se lo concibió, ya que conserva los caracteres sensoriales con fijeza. Son “traumáticas” aquellas percepciones particularmente intensas que no pueden ser traspuestas en representaciones. Se comportan como lo igual en lo actual, imposibles de olvidar. No se padece del pasado sino de lo que no ha podido devenir pasado, tanto en el sentido temporal como tópico. Según lo postulado desde el Proyecto, cuanto más a menudo se lo recuerde, tanto más inhibido resulta el desprendimiento de afecto.

Sin embargo, en la Carta 52 Freud advierte que a menudo nos empeñamos en vano contra recuerdos de máximo displacer, que se nos imponen una y otra vez. Esta constatación contradice el principio de evitación del displacer, salvo que admitamos que esa insistencia expresa el reiterado fracaso del intento de tramitación psíquica. Ahora bien, hay un caso para el cual la inhibición no se cumple porque con cada nuevo redespertar desprende un displacer nuevo. El recuerdo se comporta en tal caso como algo actual. A ese caso lo llama sexual porque las magnitudes de excitación que desprende crecen por sí solas con el tiempo, producen efectos como si fueran actuales y no resultan inhibibles; por el contrario, con las reactivaciones, se potencian en lugar de desgastarse.

De paso, observemos que el propósito freudiano no comienza por definir lo sexual, sino que, al revés, es el nombre con el que designa lo que resiste su desactivación.

En diversos textos, se refiere al trabajo del análisis con los términos: despotenciar el recuerdo, empalidecerlo, debilitar las impresiones. Allí se discierne la tarea específica del análisis: historiar la marca, mudar lo actual en pasado por la vía de la significación y el olvido.

Lo aún no tramitado, no reconocido, o no significado ¿no es acaso actual? Términos tan sugestivos como “recuerdos actuales” o “recuerdos de lo que nunca fue olvidado”, hablan de una subversión temporal que altera la cronología, el tiempo lineal que simbólica e imaginariamente el sujeto ordena en pasado, presente y futuro. Se alude al inconsciente estructural como aquél donde nada es pasado ni está olvidado, como atemporal, ya que esa escritura no participa de la organización temporal que un discurso despliega.

Definimos lo Urverdrangt como lo incognoscible o indecible. Es aquello que hace límite a la rememoración: frontera, borde. Es el ombligo del sueño que no ha accedido al estatuto representacional, lo que espera en sufrimiento y exige tramitación e insiste hasta obtenerla; lo que no quiere decir que se reduzca, ya que el movimiento deseante se encarga de recrearlo permanentemente.

Cuando alguien habla, no por eso sabe lo que dice; incluso ese no saber causa su decir. Pero hay más de una manera de no saber: están los materiales de los que puede disponer, que vienen en su auxilio al hacer un ejercicio de rememoración, y aquellos inaccesibles. Definimos el objetivo como invariable: la supresión de las lagunas del recuerdo; pero cada vez que surge un sujeto soportando la función de agente de esa empresa, se revela como obstáculo en sí mismo.

¿Buscamos un recordar sin sujeto que recuerde? ¿No lo habíamos hallado ya en el síntoma neurótico? La noción de inconsciente que se pone de manifiesto en el síntoma, es solidaria de la noción del inconsciente como memoria sin recuerdo: “[...] Freud construye la caída de la noción de “creer” ignorar, para reconocer que el sujeto, en efecto, ignora.” [6]

El sujeto se extraña de esas representaciones de cosa que no reconoce porque carecen de texto, al menos hasta que logre enlazarlas con representaciones de palabras que primero oyó a los otros y de las que luego pueda apropiarse.

Respecto de este proceso de apropiación, en El Yo y el Ello leemos: “Estas representaciones-palabra son restos mnémicos; una vez fueron percepciones y, como todos los restos mnémicos, pueden devenir de nuevo concientes. [...] nos parece vislumbrar una nueva intelección: solo puede devenir conciente lo que ya una vez fue percepción cc; [...] lo que desde adentro quiere devenir conciente tiene que intentar trasponerse en percepciones exteriores. Eso se vuelve posible por medio de las huellas mnémicas”.[7]

Aquí Freud se refiere a lo que ya fue alguna vez conciente, es decir, lo reprimido en el sentido dinámico. Logrará retornar a la conciencia solo a través de los restos mnémicos auditivos de la palabra oída y los restos ópticos de las cosas del mundo, si cuenta con esos soportes “materiales”. Vale decir que lo reprimido no son esos restos mnémicos mismos, sino que esas huellas proveen el medio para procurar ese cambio de estatuto. Ya en el Proyecto anticipaba que “también esta clase de recuerdos pueden ahora devenir concientes. Todavía resta asociar sonidos deliberados con las percepciones, y entonces los recuerdos, cuando se registren los signos de descarga sonora, devendrán concientes como las percepciones y podrán ser investidos desde ψ.” [8] En este sentido, podríamos homologar la interpretación con esos sonidos deliberados que -provenientes del exterior- reactivan las huellas posibilitando la emergencia del recuerdo.

“El papel de las representaciones-palabra se vuelve ahora enteramente claro. Por su mediación, los procesos internos de pensamiento son convertidos en percepciones. Es como si hubiera quedado evidenciada la proposición: “Todo saber proviene de la percepción externa”. A raíz de una sobreinvestidura del pensar, los pensamientos devienen percibidos real y efectivamente -como de afuera- y por eso se los tiene por verdaderos.” [9]

¿Ese fenómeno, no es cuasi alucinatorio? La certeza proviene de la sobrecarga de los propios pensamientos, que entonces son tenidos por percepciones y, por ende, verdaderos. Vale decir que en el recuerdo reproductivo no encontraremos sino el reconocimiento de lo conocido, incluso aunque tengamos algo por cierto y verdadero, no habremos salido del terreno de la autosugestión o de la conciencia de sí; dicho en otros términos, del fantasma.

Al dejar tan al descubierto lo “verdadero”, quizá esa intelección freudiana arroje alguna luz sobre el problema de la inscripción, que es, en suma, lo que está en juego.

Aquello que no entró en la cadena significante porque nunca fue percibido o inscripto, ¿qué perspectivas tiene de poder significarse?

Cuando decimos que lo no conocido funciona como causa y a la vez límite de la rememoración, nos resta aún la tarea de dar razón de esas perspectivas. Incluso aunque, de hecho, la práctica del análisis muestre que algo se inscribe por vez primera.

Dos viñetas de órdenes distintos:

Una paciente luego de años de concurrir al mismo consultorio, un día, al levantarse del diván, advierte la presencia de un sillón, que antes nunca había visto y siempre había estado allí.

Otra paciente de 25 años, al presentarse, entre otras cosas dice que mantiene a su madre, de 50. La analista, sorprendida, le pregunta si su madre es sana. La paciente le contesta que sí, y sigue hablando.

Tal como está planteada, la rememoración es insuficiente para dar lugar a lo nuevo, a lo diferente, ya que no puede reeditarse más que aquello que alguna vez ya se registró. La repetición significante, en cambio, trae lo nuevo por comparación con lo ya conocido y así se establecen las diferencias entre un adentro y un afuera. Si se encuentran discrepancias - y siempre que la insatisfacción no las rechace - podrá anotarse lo no conocido. Así, cada vez que se constata que “no es eso”, se relanza la búsqueda.

Mientras que el goce es más de lo mismo en el sentido del reconocimiento de lo conocido, el deseo busca incansablemente la diferencia y encuentra la inquietante posibilidad de conocer algo nuevo. Esa apuesta es incierta y siempre amenazante para el yo, que tiende a preservar el confort de las identificaciones logradas. Si goce y deseo están en banda de Moebius (no olvidemos la raíz pulsional del deseo), se requiere la función de corte para separarlos.-



[1] Pues bien; tenemos razones para suponer una represión primordial, una primera fase de la represión que consiste en que a la agencia representante psíquica de la pulsión se le deniega la admisión en lo conciente. Así se establece una fijación; a partir de ese momento la agencia representante en cuestión persiste inmutable y la pulsión sigue ligada a ella.”

Sigmund Freud, La represión, AE, XIV, p. 143.

[2] Sigmund Freud, La interpretación de los sueños, AE, V, p. 589.

[3] Ídem, p. 593.

[4] Sigmund Freud, Apéndice B. Fragmento de la Carta 39, del 1 de enero de 1896, AE, I, p. 438 (ver nota 5).

[5] Sigmund Freud, Fragmentos de la correspondencia con Fliess, Carta 52, AE, I, p. 274.

   Isacovich, Lila; “Lo real de la conciencia”, en revista La Porteña Nº 1, Bs. As., pp. 73-74.

[6] Sara Glasman, “El sujeto en la construcción del “grafo”, Revista Conjetural Nº 40, ediciones Sitio, Bs. As., p. 49.

[7] Sigmund Freud, El yo y el ello, XIX, p. 22.

[8] Sigmund Freud, Proyecto de psicología, I, p. 415.

[9] Ídem 7, p. 25.