Tiempo Psicoanalisis

"Paradojas del goce", de Lic. Lila Isacovich

Lila Isacovich

Paradoja: Especie extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de los hombres. Aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencia de verdadera. Figura del pensamiento que envuelve una contradicción.

Iremos señalando distintos aspectos en que esta paradoja se presenta.

En "Más allá del Principio del Placer", Freud promueve la hipótesis de la existencia de tendencias situadas más allá del principio del placer, que serían más originarias e independientes de él.

Se apoya en la observación clínica de la compulsión a la repetición, que devuelve experiencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer. Esto se verifica tanto en el campo de la transferencia, como en lo que los seres humanos llaman el destino fatal, en los sueños traumáticos y también en el juego infantil; que nos proporcionan una perspectiva sobre una función del aparato anímico que, sin contradecir el principio del placer, es independiente de él y parece más originaria que el propósito de ganar placer y evitar displacer.

Ahora bien; ¿de qué modo se entrama lo pulsional con la compulsión de repetición? Se impone la idea de un carácter universal de las pulsiones; una pulsión sería entonces un esfuerzo, inherente a lo orgánico vivo, de reproducir un estado de satisfacción anterior. Esta manera de concebir la pulsión nos suena extraña; sería un primer aspecto paradojal. En efecto, nos hemos habituado a ver en la pulsión el factor que esfuerza en el sentido del desarrollo, y ahora nos vemos obligados a reconocer en ella justamente lo contrario, la expresión de la naturaleza conservadora del ser vivo.

Si nos es lícito admitir que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, la meta de toda vida es la muerte. La vida sería un rodeo para llegar a la muerte, y la meta de la pulsión, alcanzar la muerte.

Así se engendra la paradoja de que el organismo vivo lucha con la máxima energía contra influencias (peligros) que podrían ayudarlo a alcanzar su meta vital, la muerte, por el camino más corto.

La pulsión reprimida nunca cesa de aspirar a su satisfacción plena que consistiría en la repetición de una vivencia primaria de satisfacción. Todas las formaciones sustitutivas y reactivas, y todas las sublimaciones, son insuficientes para cancelar su tensión acuciante, y la diferencia entre el placer de satisfacción hallado y el pretendido engendra el factor pulsionante, que no admite aferrarse a ninguna de las situaciones establecidas, sino que "acicatea, indomeñado, siempre hacia adelante". El camino hacia atrás, hacia la satisfacción plena, en general es obstruido por las resistencias de la represión. Y entonces no queda otro camino que el progrediente, hacia adelante, todavía expedito, aunque sin perspectivas de clausurar la marcha ni de alcanzar la meta.

Se presenta aquí la paradoja bajo otro aspecto: lo que empuja hacia adelante la pulsión, son las resistencias de represión que ponen una barrera al camino regrediente. Esto es algo en principio no esperable si lo que prima es el supuesto de que la pulsión es el impulso vital al cual el sujeto debe renunciar en parte en favor de las presiones culturales.

Ahora, en cambio, parecen ser los efectos de esas presiones, las resistencias de represión, las promotoras del desarrollo vital, aún a expensas de la meta específica de la pulsión: la de restablecer un estado anterior.

Vale decir, que si el principio del placer es expresión de esa tendencia dominante de la vida anímica a mantener constante la tensión interna de estímulo, su correlato es la pulsión de muerte. Dicho de otra manera, que el placer está regido por la muerte. Esta es la forma más contundente que toma la paradoja.

Acaso este carácter se comunica a toda pulsión parcial en las que se trataría de recobrar un determinado estadío anterior del desarrollo. Y la función de Eros, pulsiones de vida, sería la de ligar las mociones pulsionales parciales, y trasmudar la energía de investidura libremente móvil en investidura quiescente (tónica). Esta trasposición de energía libre en ligada, acontece más bien al servicio del principio del placer; la ligazón es un acto preparatorio que introduce y asegura el imperio del principio del placer. Sería una función preparatoria destinada a acomodar la excitación para luego tramitarla definitivamente en el placer de descarga.

El sadismo nos da ocasión de poner en juego esta cuestión. Desde siempre hemos reconocido un componente sádico en la pulsión, que puede volverse autónomo y gobernar, como perversión, la aspiración sexual íntegra de la persona y aún se destaca, como pulsión parcial dominante, en la fase sádico-anal. Ahora bien, se pregunta Freud, ¿como podríamos derivar del Eros, conservador de la vida, la pulsión sádica, que apunta a dañar al objeto? ¿No cabe suponer que ese sadismo es en verdad pulsión de muerte? Si es lícito hacer un supuesto así, se habría cumplido el requisito de indicar un ejemplo de pulsión de muerte.

La tarea de la libido narcisista es volver inocua a la pulsión de destrucción o de muerte que en un principio apunta a destruir al propio sujeto. Con ese fin la desvía en buena parte hacia afuera dirigiéndola hacia los objetos del mundo exterior. Recibe entonces el nombre de pulsión de dominio, voluntad de poder.

Un sector de esta pulsión es puesto directamente al servicio de la función sexual, donde tiene a su cargo una importante operación: es el sadismo propiamente dicho en el sentido activo de la pulsión. Otro sector no obedece a ese traslado hacia afuera; permanece en el interior del organismo y allí es ligado libidinosamente: eso es el masoquismo erógeno, originario. Puede decirse que la pulsión de muerte actuante en el interior del organismo -el sadismo primordial- es idéntica al masoquismo. Así, ese masoquismo sería un testigo de aquella fase de formación en que aconteció la liga entre Eros y pulsión de muerte. El sadismo proyectado, vuelto hacia afuera, o pulsión de destrucción, puede, bajo ciertas constelaciones, ser introyectado de nuevo, vuelto hacia adentro, regresando así a su situación anterior. En este caso da por resultado el masoquismo secundario que viene a añadirse al originario. La destrucción que retorna desde el mundo exterior puede ser acogida por el superyo y aumentar su sadismo hacia el yo. El sadismo del superyo y el masoquismo del yo se complementan y aúnan. La conciencia moral y el sentimiento inconsciente de culpa se vuelven tanto más severos y susceptibles, cuanto más se abstenga la persona de agredir a los demás. Así, el masoquismo moral pasa a ser el testimonio clásico de la mezcla de pulsiones.

Su peligrosidad se debe a que desciende de la pulsión de muerte. Pero, como por otra parte tiene el valor psíquico de un componente erótico (por estar ligado libidinalmente), ni aún la autodestrucción de la persona puede producirse sin satisfacción libidinosa.

Esta fase del masoquismo moral está ilustrada en la neurosis obsesiva por el autotormento, el autocastigo.

La otra etapa de esa vuelta contra si mismo, es característica del masoquismo propiamente dicho, en la cual el sujeto se hace infligir dolor por otra persona. Y con esta vuelta queda también realizada la transformación del fin activo en un fin pasivo. Una vez que el experimentar dolor ha llegado a ser un fin masoquista, puede surgir también el fin sádico de causar dolor, y de este dolor goza también aquel que lo inflige a otros, identificándose, de un modo masoquista, con el objeto pasivo. Freud subraya esta identificación con el otro en el fantasma.

Esta interrelación entre sadismo y masoquismo en las perversiones manifiestas, también se cumple en la reversibilidad de las posiciones en el fantasma y en el conflicto intrasubjetivo. Un sádico es siempre al mismo tiempo un masoquista, lo que no impide que pueda prevalecer el aspecto activo o el pasivo, por fijación, que caracterizan la actividad sexual predominante. La actividad y pasividad son constitutivas de la vida sexual en general, e inclusive están en relación con la oposición masculino/femenino.

El sadismo apunta contradictoriamente a destruir el objeto y a conservarlo dominándolo. En la sexualidad, lo más sublime y lo más horroroso aparecen en íntima dependencia.

La crueldad es cosa enteramente natural en el carácter infantil. La ausencia de la barrera de la compasión trae consigo el peligro de que este enlace establecido en la niñez entre las pulsiones crueles y las erógenas resulte inseparable más tarde en la vida.

En la fase de la organización sádico-anal, el intento de alcanzar el objeto, se presenta bajo la forma del apoderamiento, al que le es indiferente el daño o la aniquilación del objeto. Por su conducta hacia el objeto, esta forma y etapa previa del amor es apenas diferenciable del odio. Sólo con el establecimiento de la organización genital el amor deviene el opuesto del odio.

El odio, como exteriorización de la reacción displacentera provocada por objetos, mantiene siempre un estrecho vínculo con las pulsiones de autoconservación del yo. Cuando las "pulsiones yoicas" gobiernan a la función sexual, como sucede en la fase sádico-anal, prestan también a la meta pulsional los caracteres del odio. Cuando se cumple una regresión a esta fase, el odiar cobra un carácter erótico y garantiza la continuidad de un vínculo de amor.

Donde el sadismo originario no ha experimentado ningún atemperamiento ni fusión, queda establecida la ambivalencia amor-odio de la vida amorosa.

En los componentes sádicos de la pulsión sexual, estaríamos frente a un ejemplo clásico de un mezcla pulsional (vida/muerte) al servicio de un fin; y en el sadismo devenido autónomo, como perversión, el modelo de una desmezcla, si bien no llevada al extremo. Cuando se produce tal desmezcla, los componentes destructivos y agresivos que estaban ligados al componente erótico en la función sexual, se liberan.

Para concluir. El par sadomasoquista nos sirvió para poner de relieve el gozar del dolor, como paradoja. Hay algunos puntos sobre los que resulta difícil expedirse. En "Pulsiones y sus Destinos", Freud dice que el gozar del dolor sería una meta originariamente masoquista pero que sólo, dado un sadismo primitivo, puede convertirse en meta de una pulsión.

Párrafo contradictorio, ya que, o la meta de la pulsión es originariamente sádica o es originariamente masoquista.

¿Por qué Freud presenta el masoquismo como una transformación en lo contrario de la pulsión sádica? Porque la pulsión es activa por definición.

Freud retomó esta contradicción en "El Problema Económico del Masoquismo". Allí se pone en evidencia la imposibilidad de pensar ambos polos de este par por separados e independientes entre sí, ya que afirma que la pulsión de muerte actuante en el interior del organismo, esto es, el sadismo primitivo, no puede discernirse de la posición masoquista, por más que introduzca la noción de un masoquismo primario o erógeno, que sería ese primer estado en el que la pulsión de muerte se dirige totalmente contra el propio individuo. Allí ya está puesto en juego el sadismo que toma como objeto al propio yo.

Hay una combinatoria: ambas posiciones (sadismo y masoquismo) gozan del dolor. En el sadismo el sujeto se hace agente, provoca ese dolor a otro, que lo sufre pasivamente. Pero el sujeto-agente está identificado fantasmáticamente al que sufre. Del mismo modo el masoquista, ha cedido a un sujeto ajeno el lugar que antes ocupaba el propio yo, que era a la vez objeto y sujeto de la meta pulsional sádica (autocastigo). Ambos gozan no del dolor en sí mismo, sino del placer sexual concomitante.-