Tiempo Psicoanalisis

El Tiempo del Sujeto de Lic. Lila Isacovich

Lila Isacovich  

Nuestro destino no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.”  Jorge L. Borges[1]

Se intuye que el tiempo no es lo que se mide. Se sabe que el tiempo es algo que el reloj no puede apresar; que hay una dimensión del tiempo por fuera de la cronometría.

¿Existe el tiempo? Se adjudica al tiempo el envejecimiento. Los procesos comportan una duración: que las células del cuerpo se deshidraten progresivamente - ese fenómeno que indefectiblemente se repite en cada ser vivo - ¿obedece al paso del tiempo? ¿el tiempo es la duración?

Una de las oscuridades del tiempo es precisar su dirección: la creencia común es que fluye del pasado al porvenir.

Tres registros del tiempo

La palabra “tiempo” subsume una heteróclita variedad de nociones. El tiempo como dimensión, como existente, igual que el espacio, son coordenadas indispensables para nuestra existencia. Ordenados en ellas, podemos existir como puntos de una imaginaria línea recta, desde el punto cero de origen hasta la muerte o el infinito.

El tiempo ordenado según una serie, una secuencia - antes, durante, después - sólo puede ser concebido en la conciencia y por el yo, que asume la función de organizar el tiempo de acuerdo al calendario y al reloj. Llamamos entonces tiempo simbólico a la cronología que figura el tiempo como linealidad continua y fluyente y permite fijar puntos.

El movimiento deseante genera temporalidad propia. Mientras el deseo circula, el tiempo parece transcurrir sin detenciones. Cuando el movimiento deseante se lentifica, se fija, se acelera, el tiempo se percibe así. Los usos del lenguaje aluden a esa percepción subjetiva y siempre sintomática del tiempo: “cómo vuela el tiempo”, “no tengo tiempo para nada”, “no se me pasaba nunca el tiempo”, “las horas eran interminables”, “cuando me quise acordar ya era tarde”, “no me rinde el tiempo”, etc. El sujeto tiene indicios de esta dimensión imaginaria del tiempo por esa experiencia de desacomodación respecto del tiempo cronológico. La vivencia subjetiva de las horas desiguales nos permite atisbar que el tiempo puede no coincidir con el tic-tac del reloj.

Más allá de la temporalidad imaginaria o subjetiva, en la que “el tiempo pasa”, está el tiempo como flecha temporal e irreversible, la dimensión del tiempo por la que “nosotros pasamos”. Llamarla “real” no está mal, ya que el sujeto se encuentra barrado por la finitud y el inexorable paso del tiempo.

Se trata de tres registros posibles del tiempo: un tiempo simbólico definido por las coordenadas espacio-temporales, que se escribe como cronología, mensurable y cuantificable al introducir medidas constantes que discontinúan el tiempo continuo. Un tiempo imaginario que se percibe como duración y sufre las marcas de la enunciación, porque está en relación al deseo. Y un tiempo real, inasible, imposible de escribir.  

El tiempo del sujeto freudiano

El sujeto freudiano está hecho de tiempo; todo el campo del inconsciente, la sincronía significante, se despliega errático y pulsátil por la diacronía.

Si Freud en la Carta 52 a Fliess afirma que la primera huella del aparato psíquico es en simultaneidad, ¿lo es respecto a qué? A sí misma, ya que el signo perceptivo, como su nombre lo indica, no tiene otro referente porque es único, no es significante. No hay antes ni después: sería el punto 0 del tiempo subjetivo, como primer corte en relación al tiempo real. A partir de allí, y por las sucesivas transcripciones, podrá empezar a contarse el tiempo y a desplegarse el espacio que quedará definido por las coordenadas que establecen el campo del sujeto.[2]

Freud habla de una discordancia temporal que engendra al aparato mismo, dada por la diferencia de tiempo que hay entre el momento de la percepción, su reconocimiento y el de la significación de esa percepción.[3] Ese reconocimiento de lo exterior que sólo puede darse por comparación con lo conocido, es siempre a posteriori, apres-coup, después del golpe. Esa discordancia temporal abre el campo mismo de la significación, que llega en un tiempo segundo, con retraso respecto de la percepción.

El instante es inaprensible. Esta imposibilidad, lo aún no tramitado, lo aún no reconocido o no significado ¿no es acaso lo actual? Así, el trauma no pertenece al pasado, como clásicamente se lo concibió. Lo que aún conserva los caracteres sensoriales (lo visto, lo oído) es actual porque retiene restos sensitivos. Produce el efecto de una fijación que detiene el transcurrir como una permanente actualidad. Lo que no ha podido significarse de ningún otro modo en lo sucesivo, se comporta como lo igual en lo actual, imposible de reprimir o de olvidar: lo actual no ha sido temporalizado. Del modelo puede inferirse que se padece del pasado, cuando lo que ocurre es justamente lo contrario: se padece de lo que no ha podido devenir pasado, tanto en el sentido temporal como tópico. Si pasó a otro lado, es porque se han podido desactivar los restos perceptivos que lo mantenían en el plano actual como si estuviera pasando en ese mismo momento. Freud se refiere a ese trabajo del análisis con los términos “despotenciar el recuerdo, empalidecerlo, debilitar las impresiones, desvalorizarlas, quitarles su investidura energética”.[4]

Temporalizar es darle movimiento al modelo pues la resignificación es permanente: si cada vez es diferente, una nueva, eso desgasta la actualidad del acontecimiento. Esa pérdida de goce es solidaria de la discontinuidad temporal.

Freud afirma que: “Los procesos del sistema Icc son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el transcurso de este ni, en general, tienen relación alguna con él.”[5]

¿Qué se entiende por atemporalidad de los procesos del Icc?

Bien puede interpretarse –como de hecho se lo ha leído– que lo atemporal es lo inmodificado; un inconsciente invariante se asemeja al alma de carácter inmortal y eterno.

¿Es ésta una idea religiosa? ¿Es homologable el Icc freudiano a la eternidad divina?

En el sistema y, el Icc, no hay registro del tiempo en el sentido simbólico, cronológico. Cuando nos referimos al Icc estructural, se trata de lo sistemático y no de lo reprimido que puede retornar. Por eso Freud reserva la notación “Icc” para el sistema y el adjetivo “inconsciente” para denotar la propiedad. Se alude al Icc estructural como aquél donde nada es pasado ni está olvidado y entonces se comporta como actual.

Ahora bien: si lo “actual” es la hendidura en la que se descubre lo aún por significar, allí no hay sujeto. Allí se discierne la tarea específica del análisis: posibilitar el efecto sujeto, historiar la marca, mudar lo actual en pasado por la vía de la significación y el olvido. Esta operación concierne una transformación cualitativa del tiempo.

La posibilidad de resignificar una huella - o más bien, de significarla- espera en souffrance. El sujeto está arrojado al devenir significante según las nuevas asociaciones establecidas en el análisis. Por eso mismo no puede prescindir de otro, el analista, dado que hay nexos a construir, de los que el sujeto no puede saber.

El análisis horada permanentemente la ilusión del “estaba escrito” como destinación, en sentido contrario al del sujeto supuesto al saber. Por eso abre al futuro, porque levanta la hipoteca con el pasado, en la convicción de que algo nuevo siempre puede advenir, escribirse por primera vez. Esto, en consecuencia, importa una modalidad diferente de percepción del tiempo: si algo está por escribirse, el tiempo se relanza hacia el futuro, que es cada vez, el instante en que ese efecto tiene lugar.

El Icc estructural de Freud, por serlo, deja abierta siempre la posibilidad de ser conocido de nuevo, en la misma medida en que aún no ha sido tramitado, es decir, significado y olvidado. El dispositivo del análisis habilita un sujeto advertido de que la “necesariedad” del pasado es solo una ilusión efecto de la retroacción que convierte lo posible en necesario.

Si la marca inaugura el tiempo, entonces el sujeto es tiempo; el sujeto es un ser de falta porque es temporal.El corte que el significante instaura inaugura el movimiento, el pasaje de la inmovilidad a la movilidad. En el movimiento inercial no hay corte sino rutina de la naturaleza, sin interrupción. No hay ni espacio ni tiempo. El corte inaugura el movimiento de la pulsión ordenado en las coordenadas de la civilización; ese primer corte que Freud llamó huella en simultaneidad, momento de origen del sujeto.

Lacan advertía la discordancia fundacional: “el sujeto traduce una sincronía significante en una pulsación temporal primordial” y diferenciaba “la retroacción del significante en su eficacia, que hay que distinguir totalmente de la causa final”.[6] “La retroacción restablece la linealidad temporal de manera invertida. Por el contrario, el efecto retardado implica, no la vuelta hacia atrás en un espacio imaginario,... sino el destiempo... como “moción suspendida”... donde también se realiza el potencial que inscribe una suerte de imposibilidad entre la diacronía y la sincronía del lenguaje...”[7]Esa imposibilidad es inherente al sujeto: la falta de coincidencia entre el devenir, la duración o la temporalidad lineal continua – sea ésta progrediente o retroactiva – y lo no temporal – o atemporal –.



[1]Borges, Jorge Luis: Nueva refutación del tiempo, Obras Completas, Emecé editores, Bs. As., 1974, pág. 771.

[2] Ver Freud, Sigmund: Fragmentos de la correspondencia con Fliess, Carta 52, en Obras Completas, Amorrortu Ed., Bs. As., 1991, T. I, pág. 274.

[3] Op.cit., Carta 39, pág. 438.

[4] Freud, S.: La etiología de la histeria, T. III, pág. 216; La interpretación de los sueños, T. V, pág. 569; Revisión de la teoría de los sueños, Conferencia 29 en Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, T. XII, pág. 69.

[5] Freud, S.: Lo inconsciente, T. XIV, cap. V, pág. 184.

[6] Lacan, J.: Posición del inconsciente, Escritos 2, Siglo Veintiuno editores, México, 1981, pág. 375.

[7] Bisserier, Luis María: El potencial escriturario: tiempo y origen en la estructura del Inc., Redes de la Letra, N° 2, Ediciones Legere, Bs. As., 1993, pág.69.